Reportatge al diari El País: "El redondeo de las propinas" (24.12.2007)

El café genera un extraño influjo sobre la política. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, fijó su precio en 80 céntimos en un programa televisivo. La réplica de su interlocutor, un agente inmobiliario navarro, ha hecho fortuna: “Eso sería en tiempos del abuelo Pachi”. Sólo unos meses después, el café vuelve a las tertulias de la mano del vicepresidente Pedro Solbes. Nadie -o casi nadie- paga dos cortados y deja un euro de propina para el camarero y hasta Solbes reniega de esa boutade, pero no de la idea que subyace bajo la polémica. Porque esas dos anécdotas encierran otras lecturas. Todo el mundo sabe ya lo que cuesta un café (no queda más remedio), pero seis años después de llegar a los bolsillos de los europeos sigue siendo difícil saber cuánto vale exactamente un euro. Y qué efecto provoca sobre los precios.

Hay cierta sensación de estafa en relación al euro. Es evidente que la moneda única ha supuesto grandes ventajas desde su introducción, en 2002. Ha dado estabilidad, ha potenciado la integración económica y ha proporcionado facilidades a la hora de cruzar los Pirineos. Así lo ponen de manifiesto una lista interminable de organismos y los innumerables informes de la Comisión Europea sobre el asunto. Nadie lo pone en duda. Pero en la calle han calado también otras impresiones.

El ejemplo poco afortunado de Solbes ponía de manifiesto hace unos días dos aspectos por los que los análisis sesudos acostumbran a pasar de largo: los consumidores no han interiorizado aún lo que vale un euro; esas 166,386 pesetas son más difíciles de asimilar de lo que al principio parecía. Y a la vez tienen la intuición de que el euro ha sido la excusa para grandes subidas de precios. Las estadísticas de la UE demuestran que esa sensación es quizás algo exagerada. Pero del todo cierta.

La adaptación a la moneda única, que en su día fue más rápida y sencilla de lo que se esperaba, aún colea. Los datos oficiales de la Comisión Europea confirman la tesis de Solbes, que se basa en que los españoles no han interiorizado el valor del euro. Según los datos del Eurobarómetro, uno de cada cuatro consumidores (en concreto, el 27,8%) asegura que compra más porque no sabe exactamente cuánto está gastando. Casi el mismo porcentaje (el 25,9%) compra menos por la misma razón. La conclusión, en fin, “es que ni unos ni otros han asimilado perfectamente la nueva moneda”, explica un portavoz del Ministerio de Economía.

No es sólo cuestión de los consumidores. Hay montones de ejemplos que constatan esa conclusión, a medio camino entre la economía, la psicología y la sociología. O la simple facilidad mental. La madrileña calle Serrano costaba 20.000 pesetas en el Monopoly de hace 10 años; con el euro pasó a costar 200 euros. Un euro no vale 100 pesetas, pero para la compañía que comercializa el Monopoly todo es mucho más fácil así. Lo mismo ocurre con empresas de verdad, que en algunos casos no han dudado a la hora de aprovechar que las 166 pesetas y pico por euro suponen un cambio difícil de asimilar, incluso ahora.

El periódico, el pan, las máquinas recreativas costaban 100 pesetas y pasaron a costar un euro de la noche a la mañana con la introducción de la moneda europea. El fenómeno del Todo a 100 se reconvirtió en Todo a un euro. Todo eso por obra del ya famoso redondeo.

El efecto inflacionista entra por los ojos, es una intuición general. Se nota en los precios, pero también hay otras razones que escapan a las puramente económicas. Hay todo tipo de estudios que lo corroboran. Uno de los más curiosos es el de dos profesores de las universidades de Bristol y Verona, que examinaron en 2003 los resultados de un “experimento natural”: compararon las limosnas de las iglesias italianas e irlandesas antes y después de la adopción del euro. Y las limosnas aumentaron en ambos países: un 11% en Irlanda, y un 13% en Italia, nada menos. Habrá quien explique ese súbito incremento por las más diversas razones, pero en la literatura económica ese efecto se define como euroilusión.

“Cuando estaba en Bruselas (como comisario de Asuntos Económicos de la UE) decía lo contrario, pero ahora puedo decir que el euro ha tenido un efecto inflacionista. Y que los españoles no hemos interiorizado lo que vale un euro, y eso se ve en bares y cafeterías”, argumenta Solbes. Lo que en España y en el resto de Europa es casi una novedad -que los políticos reconozcan esos problemas-, en Italia es un debate tan antiguo como el propio euro. El cambio de la lira italiana tampoco fue fácil: un euro por 1.936,27 liras. Ante las dificultades para la ciudadanía, los políticos italianos han impulsado varias iniciativas para reducir en lo posible esos efectos. Una de las más sonadas fue apoyar la creación de billetes de uno y dos euros, al estilo del billete verde de dólar, justo para que los consumidores valoraran en su justa medida la moneda.

El Parlamento llegó a promover una resolución en este sentido, pero ya ni sus impulsores la apoyan. María Badía, eurodiputada del grupo socialista, defendió en su día los billetes de baja denominación. “Es evidente que la gente no da el mismo valor a las monedas que a los billetes, y esa medida tendría sus ventajas. Pero tampoco demasiadas. Habrá que esperar una generación para que todo el mundo tenga claramente asimilado el valor real del euro”, explica. Ignasi Guardans, eurodiputado catalán del grupo liberal demócrata, es más tajante. En su día no estuvo de acuerdo con la creación del billete azul de un euro. “El debate que ha introducido Solbes es necesario. La gente ha perdido la noción exacta de lo que gasta. Comparto esa inquietud, pero el remedio no es el billete de un euro, que complicaría aún más las cosas al comercio”, sostiene.

Lo curioso es que también hay quien impulsa medidas en sentido contrario. Existen iniciativas para eliminar las monedas de uno y dos céntimos de euro, con el mismo argumento de que complican en exceso la gestión del comercio. Más de la mitad de los españoles son partidarios de esa medida, que el Banco Central Europeo descarta con el argumento habitual: sería claramente inflacionaria.

La polémica, como es habitual en estos casos, surge aprovechando una oportunidad. La inflación española se ha disparado en los dos últimos meses, hasta el 4,1% en noviembre. Especialmente en el caso de los alimentos, con una subida superior, del 7,4% interanual. El caso de algunos alimentos elaborados es especialmente sangrante. La leche ha subido un 30% en un año. El pan, un 14%. Competencia investiga posibles amaños en los precios y el Gobierno alerta de nuevas subidas, como consecuencia de la especulación en los mercados internacionales, que ha disparado el precio de los piensos y de las materias primas. Pero entre las explicaciones, los consumidores se quedan con la apertura de esa investigación de Competencia.

Además del redondeo y la difícil asimilación de la nueva moneda y el cambio en pesetas, la Comisión Europea ha alertado de las consecuencias del fenómeno de la ilusión monetaria. Bruselas destaca que en muchos casos se trata de una percepción exagerada. La introducción del euro supuso aumentos de precios por encima de lo normal “en diversos artículos pequeños que compramos con gran frecuencia”, reconoce un documento de la Comisión. Pero la subida anual de los precios se ha situado invariablemente entre un 2% y un 4% desde la introducción del euro, porque la mayoría de los productos que forman parte del índice de precios de consumo (IPC) no sube tanto como las compras diarias: el café, el billete de autobús, esas cosas. Según los expertos, el impacto del euro sobre los precios ha sido moderado y su incidencia sobre la tasa de inflación transitoria, reducida a 2002 y 2003. Pero los consumidores no lo ven así. Nunca lo han visto así. Su percepción de las subidas ha sido desde el primer momento muy superior a la inflación real.

El Gobierno español y el resto de Ejecutivos en toda la Europa del euro se gastaron fortunas para convencer a los consumidores de que dejaran de pensar en pesetas y se adaptaran a la nueva moneda. Eso no ha sucedido, o sólo en parte. Así lo sugieren Solbes y los académicos. “Puede que no haya acertado con el ejemplo, que tal vez sea demasiado exagerado. Pero es cierto que no se ha interiorizado el valor del euro. Y se dejan propinas en el restaurante que antes no se dejaban. Es difícil poner ejemplos, pero no hay más que pensar en lo que antes dejaba uno en pesetas al taxista. Aunque lo curioso de todo esto es que las propinas no inciden en la inflación, o apenas inciden”, sostiene Antonio Argandoña, profesor de la escuela de negocios IESE.

Las estimaciones del Banco de España cifran el redondeo en un incremento de precios del 0,5% en los primeros años del euro. En todo caso, “una cuantía menor a la percibida por los consumidores y de carácter transitorio”, según la institución. En la misma línea se han expresado siempre el BCE y la Comisión Europea, interesados en publicitar los indudables efectos positivos de la introducción del euro. Pero el propio Banco de España reconocía en 2004 que los consumidores “consideran que la introducción del euro supuso un aumento considerable de los precios de consumo, mientras que las empresas declararon no haber llevado incrementos extraordinarios a sus precios”.

Rafael Pampillón, del Instituto de Empresa, asegura que la inflación “no tiene nada que ver con propinas o redondeos”, sino con el gasto. “Los españoles y el propio Gobierno estiran más el brazo que la manga. Es la fuerte demanda la que tensiona los precios. Pero es evidente que hay una percepción generalizada de que la inflación es mayor que la que aparece en los datos oficiales”, abunda.

La mayor parte de las organizaciones de consumidores rebaten a Solbes. La OCU y la Ceaccu defienden que la población tiene muy interiorizado el valor del euro. Sólo Facua cree que el vicepresidente tiene parte de razón: “El euro nos traslada una falsa sensación de barato y lleva a comprar más”, según esta organización. Todos ellos reprochan al Gobierno que sea un mero espectador ante la escalada “desproporcionada” de precios, que el Ejecutivo atribuye a factores que escapan a su control.

Exagerado o no, lo cierto es que Solbes se ha colado en las tertulias. Vicente, camarero en una cafetería de Madrid, enseña el bote de las propinas. Mayoría abrumadora de monedas de 10 y 20 céntimos y “bastante cobre”, dice en referencia a las piezas de hasta cinco céntimos. “Con un euro por cada dos cafés el dueño se pondría detrás de la barra y se acabaría la lucha de clases”, añade con sorna mientras sirve el café de turno, cuyo precio ha dejado viejo el redondeo: 1,20 euros del ala.

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