"La erótica del saber" (Oriol Pi de Cabanyes, La Vanguardia, 11.02.2008)

Carla Bruni ha sucumbido a la erótica del poder o C Sarkozy al poder de la erótica? Muy posiblemente las dos cosas. El poder es un poderoso excitante. Pero también puede serlo el saber. Un saber que empieza por la curiosidad, hoy en horas muy bajas entre los escolares, y por el fisgoneo, hoy en horas muy altas en los medios y en los programas llamados del corazón. Querer saber la verdad fue siempre la pulsión básica del periodista. Y difundirla. Aunque una cosa son los hechos y otra las opiniones. Confieso que, personalmente, nunca me ha gustado hacer proselitismo de nada. Uno puede proclamar su verdad, pero no siempre apetece violentarse a sí mismo para forzar a otro a renunciar a la suya.

Nadie cambia, me digo, si no quiere cambiar, así que lo respeto en su propia evolución. Nunca pretendo convencer a nadie de que lo mío es preferible. Aunque si estuviéramos en otros tiempos más proclives al combate por las ideas y no por las cosas, o en tiempos más tolerantes con la diversidad, o en un entorno menos dado a la banalización, tal vez me daría a batallar con más ardor, aun sabiendo que no hace precisamente amigos quien se atreve a ir a contracorriente. He experimentado y experimento, eso sí, lo que podríamos llamar la erótica del saber. Y es la descarga de adrenalina que uno percibe cuando la pasión por conocer ha dado con algún resultado. Y es la emoción del explorador ante lo que se le revela. He sentido esta descarga muchas veces rebuscando en archivos y en bibliotecas. Y encontrando en los libros tesoros de sabiduría y no sólo de pasatiempo. Se trata no solamente de un amor libri,por decirlo en una lengua muerta pero viva, sino de un amor vitae.Y es lo que Wagensberg denomina “el gozo intelectual”.

Nos podemos preguntar si el ser humano es cognoscente por naturaleza y no por simple necesidad. Y es que no siempre sentimos la voluptuosidad del conocer. Y es un atar cabos. Y un dar sentido a las cosas. No se trata de la erudición por la erudición. Nose trata de la simple información: se trata del conocimiento. Y es una ambición de totalidad. Tan ardorosamente sentida como pueda sentirla el crucigramista que está a punto de rellenar las casillas o el coleccionista que se siente a punto de completar las fichas de su álbum. Puede que todo esto esté hoy en declive. La ignorancia no sólo se ha descarado, sino que se ha vuelto arrogante. De modo que hasta el más pequeño culturalismo puede motejarse abusivamente de pedantería. Pero el saber tiene también su poder: transformar la energía vital en conocimiento. Resistir a la banalización puede que sea, hoy, el mayor de los inconformismos.

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