Article de Joaquín Roy: 'Barack Obama: la audacia del “sí, podemos”' (Público, 11.03.2008)

Si las primarias en curso y la elección presidencial de Estados Unidos se abrieran al electorado de todo el mundo, el resultado ya es conocido: el ganador sería el senador de Illinois Barack Obama. De momento, sin embargo, el atractivo candidato (de impecable dicción con tonalidades de barítono) deberá disputar cada voto a Hillary Clinton, para ser coronado en la convención y enfrentarse directamente a John McCain. ¿Por qué este relativamente joven (46 años) que en Estados Unidos es considerado negro y que en el Caribe sería etiquetado como mulato, está a unos pasos de capturar la presidencia del país más poderoso de la tierra y de toda la historia?

La fascinación por Obama en el extranjero se basa en dos detalles, complementarios. En primer lugar, porque el cansancio generalizado en el resto del planeta por George W. Bush convierten cualquier alternativa en bienvenida. En segundo lugar, con el cambio como prioridad, se espera un grado superior de radicalidad en esa ansiada transición de lo que se ha convertido en un régimen a otro diferente.

De ahí que la candidatura de Hillary Clinton no represente un cambio suficiente, más allá de ser demócrata y mujer. Curiosamente, el ser consorte de un ex presidente (y no malo, según el balance general) le ha representado más un obstáculo a vencer, para despojarse de la acusación de endogamia del sistema y nepotismo en la herencia del cargo (aunque sea con el interregno de Bush). Obama, por lo tanto, se presenta como genuino innovador en la política norteamericana, destinado a devolver a la Casa Blanca el aura de la época de Kennedy que se vio malograda por los deslices de Bill Clinton.

Obama se inserta en este escenario también como doble “castigo” respaldado por el exterior que se quiere cobrar en la herencia de Bush un segundo impacto: Obama es negro. Este sentimiento es paralelo a la catarsis con que borrar el complejo de culpa que todavía atenaza a millones de votantes por las injusticias del pasado.

Para otros países, la candidatura de Obama y su posible triunfo es un recuerdo más de la necesidad de penitencia que Estados Unidos debe encajar para volver a ser el faro salvador que el resto de la humanidad en el fondo reconoce como necesario. Mediante esa rara combinación de amor y odio hacia Estados Unidos (por el contraste entre la fascinación por su cultura popular y su errática política exterior), en el mundo prefiere un inquilino en la Casa Blanca que inspire confianza y que dirija responsablemente la parcela de liderazgo que a Estados Unidos corresponde.

De corta experiencia (una legislatura) en el Senado, Obama se enfrenta a la losa que hasta el momento Hillary ha explotado más, rozando el juego sucio. El anuncio televisivo basado en una hipotética pregunta (¿“quien preferiría usted que contestara el teléfono en la Casa Blanca a las tres de la mañana”?) ha sido un navajazo a la yugular de Obama. Sin embargo, el senador de Illinois puede superar en experiencia exterior personal a la senadora de Nueva York, debido no solamente a las raíces kenyanas de su padre (tema al que ya había dedicado un libro), sino a la residencia en Indonesia de la mano de su madre divorciada y casada de nuevo. Ese detalle se ve resaltado en el segundo libro de Obama, “The Audacity of Hope” (La audacia de la esperanza), en el que destacan los capítulos dedicados al tema racial y a su visión del mundo.
Sin que pretenda enterrar las injusticias del pasado, Obama (de forma que parecerá demasiado positiva) reconoce que el camino recorrido por los negros en Estados Unidos desde los tiempos de la discriminación codificada es notable. De ahí que su decisión de perseguir la candidatura presidencial se haya convertido simplemente en un eslabón más de la difícil e incompleta integración de la sociedad norteamericana.

Pero donde brilla su actitud personal y su ideología en política exterior es en el capítulo dedicado al mundo “más allá de nuestras fronteras”. Su visión de la evolución de la actividad de Estados Unidos en el exterior es un compendio del mejor liberalismo que se remonta a Washington y Jefferson, sin abandonar el realismo de Adams y Reagan, sin conceder méritos a los diversos practicantes del intervencionismo necesario (como en las dos guerras mundiales), sin refugiarse en el aislacionismo. Obama refleja la corriente de opinión que lamenta la endémica recaída de Estados Unidos en el apoyo de regímenes de fuerza o totalmente dictatoriales que respaldaran el ideario anticomunista desde el triunfo de la Segunda Guerra Mundial.

Desde Sujarto en la Indonesia de parte de la niñez de Obama hasta el Sha de Irán, desde la Doctrina Monroe hasta la invasión de Irak, una errática política exterior le ha propinado a Estados Unidos el odio notable de buena parte de la humanidad. Especialmente a Obama le duele la dilapidación que Bush hizo del impresionante respaldo mundial (“Nosotros también somos americanos”, tituló Le Monde la tarde del 11 de setiembre) y la generación de un discurso político de plena Guerra Fría. De ahí que su política exterior debiera ser más en la línea de Wilson, F.D. Roosevelt y Kennedy (aunque reconoce las carencia de ellos, sin soslayar los aspectos positivos de la defensa de los derechos humanos en la administración de Carter.

En línea paralela, Obama se siente no solamente dolorido por la discriminación racial del pasado, sino avergonzado por la captura de los centros de decisión en la era del anticomunismo macarthista y el maniqueísmo actual. De ahí que su hipotética política exterior debiera reflejar su visión interior, cimentada en los valores democráticos de una sociedad abierta, plena de oportunidades disponibles para todos.

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